Semblanza del Dr. Carlos Rodríguez Ortiz por Jose Santos Urriola

30 jun

Portada del libro Constancia de Guanare, en la foto se aprecia la calle de la Plaza Bolivar, -frente a la Iglesia-, cuando era de tierra. Libro propiedad del Dr. Carlos Rodríguez Dorante

 

Libro “Constancia de Guanare “escrito por José Santos Urriola pag. 163. Propiedad del Dr. Carlos Rodríguez DoranteLibro “Constancia de Guanare “escrito por José Santos Urriola pag. 164 y 165. Propiedad de del Dr. Carlos Rodríguez Dorante

 

Libro Constancia de Guanare escrito por José Santos Urriola pag. 164 y 165. Propiedad del Dr. Carlos Rodríguez Dorante

Carlos Antonio Rodríguez Ortiz con su padre Don Carlos Rodríguez Fontanills. Foto en custodia de Lila Rodríguez Cirimele de Casado, transmitida por Carlos Rodríguez Dorante

 

Carlos Antonio Rodríguez Ortiz en su juventud. Foto en custodia de Lila Rodríguez Cirimele de Casado, transmitida por Carlos Rodríguez Dorante.

 

 

Carlos Antonio Rodríguez Ortiz en su madurez. Foto en custodia de Lila Rodríguez Cirimele de Casado, transmitida por Carlos Rodríguez Dorante

Semblanza del Dr. Carlos Rodríguez Ortiz

El Dr. Carlos Rodríguez Ortiz,- quien murió ahogado tempranamente en el río La Portuguesa-, fué hermano  de Rafael Rodríguez Ortiz y de Pedro Rodríguez Ortiz, este último le dedicó el hermoso poema “Romance al hermano muerto”.

El escritor Guanareño José Santos Urriola, en su libro “Constancia de Guanare”, publicado en 1985 como homenaje a Guanare en sus 396 años de fundada, hace en sus páginas 163 a 165,una semblanza del Dr. Carlos Rodríguez Ortiz, cito:

“Era un hombre a caballo. Un hombre de a caballo como se diría, años atrás, en el habla viril de mi pueblo, para distinguir a quien no solo era capaz de subir al lomo de una bestia, sino de soldarse allí, mismamente como un lancero del Mayordomo Páez. Tenía por lo tanto, derecho al elogio que pocos doctores,- Santos Luzardo entre ellos-, han merecido en boca de la peonada: era un Peón de Llano. Un llanero cuatriboliao. Cuatriborlado, en alusión a las cuatro borlas doctorales de la Universidad colonial y en aprobación, de quien acredita, sin la menor duda, su excelencia en las fieras artes del Llano.

Tuvo la natural hidalguía del Guanareño viejo. El carácter abierto de la gente de la tierra llana, la campechanía sin esfuerzo y sin segundas intenciones, el chiste a flor de labios, la risa generosa y la mano presta para socorrer a los necesitados.

En los tiempos de la Guerra Grande, hubiera marchado con aquellos coroneles de Guanare que le pusieron el pecho a Los Andes, detrás del general Bolívar. Que le echaron corazón al páramo y a la lluvia y a la niebla y al abismo súbito ante el desprevenido paso de la caballería, mientras el recuerdo de nuestra llanura, -abajo, allá, caliente y dulce, intima entre sus ríos-, se levantaba como una lucecita en el alma, contra la ventisca, el hambre, la desnudez, la fatiga, el sueño, la oscuridad y la lanza de los enemigos… así hasta Boyacá. Después las serranías del Sur. Y de golpe, entre parranda y pelea, amanecieron una vez en Ayacucho, que es – para el Guanareño- casi el lugar de donde se devuelve el viento.

A falta de tal empresa, Carlos Rodríguez Ortiz, el compadre Carlos, mi padrino Carlos, el doctor Carlitos-, acometió la de combatir la tristeza y la muerte en el Guanare agonizante de los años treinta. Había estudiado Farmacia y la necesidad, el desamparo de su gente, le impuso el ejercicio de la Medicina. La practicó con la bondad que nunca debe de faltar al médico. Sin la adustez ni la irritabilidades que abundan tanto, por desgracia, en las personas buenas. Así, con la alegría de los fuertes, atendía y consolaba a los enfermos y cuitados. Era, -me comentó una amiga, tan guanareñamente-, el “paño de lágrimas” de los pobres de Guanare.

Un día – como siempre bien montado- , confiándose en el caballo, se lanzó a las aguas – vértigo y plomo- de La Portuguesa. Veinticuatro horas después, encontramos su cadáver, río abajo, en una caramera, como se llama por allá al árbol que arrastran las crecientes.

Ahora – me dicen- darán su nombre a una avenida de Guanare, en una de esas urbanizaciones que han crecido donde era la sabana, bajo el cielo, chaparral y silencio meridiano y vuelo de corocoras al atardecer. Por donde pasó, tantas veces, el doctor Carlitos como el jinete de un romance de Alberto Arvelo Torrealba, con su espejismo de coplas y jagüeyes. “ fin de la cita.

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