Página íntima a mi madre

Página íntima a mi madre 

Es la hora de la melancolía y la quietud en las almas. El cálido beso de la tarde se aleja con el lento avance de la noche fría; y es ahora cuando empieza el recuerdo a desgranar sus dulces notas de oro, como lágrimas divinas, en el fondo oscuro de mi ser: es la hora del dolor; y pienso en ti, madre querida, bañado el corazón en ondas de tristeza y presa el alma de inquietante anhelo.

Mi pensamiento se estremece y va hacia ti, como un águila blanca que, fatigada en el curso de su vuelo por ráfagas violentas, impone la resistencia de sus remos, lucha y vence hasta perderse con el último reflejo del poniente en el límite vago del horizonte gris…..

Si, madre mía, estoy pensando en ti bajo esta hora tibia y aromada; y aun siento palpitar aquel beso prolongado e intenso que pusiste sobre mi tostada frente, surcada por los mas íntimos dolores de la separación primera, cruel e inevitable, aquella tarde de primavera en que te dije: Adiós!

Poseída mi alma de infinitas congojas, pues bien sabía como quedabas tu, triste, sola y pobre; cuando el amargo llanto que fluía a torrentes de tus oscuros ojos adorados, juntándose con el mío, formaban una sola fuente de dolores; cuando la ausencia, ruda e inclemente rompía con sus manos implacables los hilos de la unión y comenzaba a sangrar mi corazón condenando en mi vida una noche sin estrellas. ¿Cómo olvidar esos momentos tan hondos y sentidos? ¿Cómo borrar de mi memoria aquel ocaso de sangre, como huellas de olvido, que me separo de ti, cuando iba a la conquista de un noble ideal que fuese mañana sombra protectora a nuestras vidas, que te apartase tantos abrojos que lastimaban,-enconadas-, tus sagradas plantas de madre abnegada y buena?

Si, en esta hora de mi desolación te recuerdo, te clamo y te busco, para calmar este frío glacial de la ausencia que asesina mi alma y tortura mi pensamiento devorado por la angustia y destrozado por el dolor.

La última pincelada del poniente tapiza de oro la altiva cresta de los viejos montes; y hendiendo el terciopelo de la noche, tímidas estrellas derraman sus lágrimas de luz, mientras mi corazón regresa a su rincón sombrío bañado en la radiante claridad que fluye de las sagradas lamparitas de tu recuerdo inmenso y puro, inolvidable y santo, como este amor que sembraste, con generosidad maternal, en el corazón de tu hijo inolvidable.

 

Pedro, Caracas, 2 de mayo de 1915

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