MÍA

         MÍA

Mía… mía… ¡Qué alegría!
poder llamarte yo así
y tan adentro sentirte
como mi sangre caliente
corriendo por todo el cuerpo…

Con las voces de mi alma
gritarlo para que sepan
como en mi campo desierto
hay sementeras de rosas;
porque todavía no he muerto.

¿Cómo es que el árbol florece
y sus racimos ofrece?
¿Por qué se expande mi pecho
con más ritmo y más vigor?
¿Por qué en bandadas huyeron
las aves de mi dolor?

Mía, mía… ¡Qué alegría!
que cántaro de dulzura
me estoy bebiendo con calma
bajo el toldo de mi palma.
¡Qué alegría, qué frescura!
llamarte como te llamo;
mía, mía, solo mía…

 11 de abril de 1.946

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