EL DOLOR DE LA SABANA

 

EL DOLOR DE LA SABANA

Tierra brava, tierra llana,
de las mil encrucijadas
sobre el potro y la sabana:
¡Te vas tragando tus hombres
y ya no te queda nada!

Desde el ranchito de palmas
que con humilde alegría
cobija a las nobles almas,
miro llegar el rebaño
con un temblor de esperanza;
al par que el vaquero lanza
contra el vesperal silencio
su copla como una lágrima;
y el eco flotando queda
sobre la noche cercana
que va clavando luceros
para los cielos de arriba
y regando va cocuyos,
como luceros errantes
para los cielos de abajo…

Tierra brava, tierra llana,
de las mil encrucijadas
sobre el potro y la sabana:
¡Con que dolor miro ahora
cómo llegan los rebaños!

Aquellos que en el ojeo
distintos rumbos tomaron
no volvieron, se escaparon
tras la noche cimarrona,
cuando del sol no quedaba
sino una raya escarlata
persignando el horizonte
en la ceja de una mata.

Los mismos que atravesaron
más de una vez estos caños,
la vaquera por sombrero
y por guía la luciérnaga;
los que jamás olvidaron
ante el azar de la lucha,
la dulzura de un recuerdo
para la mujer amada,
están ausentes, no muertos;
mientras gima la vacada,
mientras hayan toros bravos,
potros que pidan jinete
y algo que hacer en el llano!

A una vuelta se quedaron
para saber la verdad…
yo escuché su voz de bronce
del lado del chaparral
en esas noches cuajadas
de negrura sin igual,
que a filo de buen cuchillo
bien se pudieran cortar;
oí de sus alazanes
recios repiques sonoros
con que se alegran los bancos
cuando se enlazan los toros;
vi los surcos de las sogas
cual serpientes enrolladas
del cuerpo de los chaparros,
y cuando vino la aurora
la misma trocha trocharon…
Si en el ojeo se quedaron,
es seña que no están muertos…

Por los senderos ahítos
de soledad y frescura
se va esparciendo el ganado…
ya están vacíos los corrales
tras la faena de hierra
y sobre el pelo lustroso
del orejano en la pierna,
estampado en la piel viva,
resalta en rasgos quemados
el hierro limpio del hato.

Nublando las lejanías
se oye del trueno el retumbo
ya se fueron los vaqueros
calándose las cobijas,
porque cada vez más cerca
están oyendo el rezongo
del viento y del aguacero

Barquisimeto, 1.945

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