UN DOMINGO DE AUSENCIA

UN DOMINGO DE AUSENCIA

Yo me voy recordándote, a la Iglesia vecina,
la soledad y el frío cobijan la ciudad,
el fuego de mi fe me calienta y reanima
cuando a la Virgen buena imploro su piedad.

Nuestras penas y angustias a Ella se las digo,
y un gran alivio siento dentro del corazón,
porque sé que su manto nos protege y da abrigo
cuando hasta Ella elevo la luz de mi oración.

Pensemos sólo en Ella si los dolores crueles
nuestras vidas osaren ahogarlas en sus hieles.
Ella es nuestra Egida, y con Ella marchamos
atravesando campos sembrados de maleza,
hasta que llegue el día, radiante en su grandeza,
de darnos esa dicha que con su amor buscamos.
                       14 de julio de 1.946

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