Anécdota relativa al Dr. José Gregorio Hernández y Don Pedro

Anécdota que me contó papá relativa al Dr. José Gregorio Hernández.

Cuando mi padre, Don Pedro Rodríguez Ortiz  se graduó de bachiller en Guanare por allá en año de 1915, mi abuelo Carlos Rodríguez Fontanills le preguntó si quería que lo enviara a San Fernando de Apure a la finca de un amigo, quien le enseñaría mas en profundidad todo lo relativo a los quehaceres del llano y la cría de ganado; mi papá le manifestó que el deseaba irse a Caracas para estudiar medicina.

Imagínese esa aspiración, se vivía en los albores del 1900, cuando los personajes mas prominentes de los pueblos eran generalmente el Jefe Civil, el cura, algún comerciante importante y el médico (cuando se tenía la fortuna de contar con uno). Esta aspiración apuntaba muy alto, puesto que en nuestra familia no existía para aquella época ningún profesional, pues era una familia relativamente modesta, mi abuelo era un comerciante y mi abuela una india humilde, cariñosa y de mucho temple; no había suficientes Universidades en el país y tampoco era fácil el ingreso a ellas. Sin embargo mi padre muy decidido, se despidió de su llano querido y como bien lo dijo en el poema “Conversas de un viaje y un regreso” , colgó su soga en la garabatera …..

Llanero fui de blusa y alpargatas

de buen caballo y relancino lazo,

fue mucho el toro al que le volteé las patas

al enérgico impulso de mi brazo.

Domé el potro cerril en las ingratas

soledades del llano, a campo raso,

corté a mi voluntad todas las reatas

y me enfrenté al destino en su regazo.

En las recias faenas fui vaquero

dueño en la dirección de la jornada,

así templé mi alma de llanero

y hombre me hice sin temerle a nada.

Una plácida tarde sabanera

– el recordar me asalta la memoria -,

colgué mi soga en la garabatera

y en pos me fui de un ansia de victoria.

Atónitos quedaron mis amigos

aquellos hombres leales y sinceros,

de cuyas luchas sólo son testigos

la sabana, los ríos y los luceros.

Volveré, si Dios quiere, es mi anhelo

para ustedes seré lo que yo he sido,

un hermano cordial para el consuelo

y una venda de amor para el sufrido…..

Lo despidieron sus amigos, sus familiares y la “bien amada” ; así dejó aquella señorial Guanare y marchó a Caracas, en un viaje de varios días por aquellos caminos que se transitaban solo a caballo o en carro de mula, con las alforjas cargadas de esperanzas y con un sueño de grandeza firme en su mente.

Inició pues sus estudios en la Escuela de Medicina de la Universidad Central de Venezuela siendo discípulo de los Dres. Luís Razetti y José Gregorio Hernández; con este último fue que ocurrió la situación que relato a continuación:

El grupo de estudiantes compañeros de mi papá fué de gran excelencia para lo cual cito parte del Reportaje publicado en el Diario El Impulso de Barquisimeto con motivo de los 30 años profesionales de Don Pedro:

Reportaje sobre el Dr. Pedro Rodríguez Ortiz

Diario El Impulso, Barquisimeto 1950, redactor Herrera Oropeza.

El doctor Pedro Rodríguez Ortiz, de treinta años de vida profesional, rindió examen integral en la Escuela de Medicina de Caracas para obtener el título de Médico Cirujano por el mes de Julio de 1920. Discípulo del eminente profesor Razetti, alcanzó Rodríguez Ortiz la máxima calificación de 20 puntos, destacándose en sus estudios como un sobresaliente estudiante que hizo honor a sus maestros. El doctor Rodríguez Ortiz forma parte del grupo de estudiantes de Medicina que señaló una época de avance en las aulas universitarias y a este excelente de estudiantes pertenecen los doctores Bernardo Gómez hijo, Arístides Tello Olavarría (extinto), Julio García Álvarez, Pedro Blanco Gásperi, Gustavo Enrique Machado, Antonio José Castillo, Pedro A. Gutiérrez Alfaro, Pedro González Rincones, Martín Vegas, Héctor Landaeta Payares, Antonio Francisco Gutiérrez S., José Ignacio Baldo, Guillermo Hernández Zozaya y Pedro del Corral.

Con ocasión del brillante acto celebrado en la entonces Escuela de Medicina, el Dr. Luis Razetti, maestro de los nuevos galenos, pronunció unas inolvidables palabras en las cuales se refirió a ellos en términos de la más estricta justicia. De esas palabras son los párrafos siguientes: “Ninguno de ellos es superior a los otros; ninguno de ellos es inferior a los demás; todos son iguales considerados en conjunto y desde el punto de vista de sus condiciones estudiantiles. Y es precisamente esa igualdad en los méritos intelectuales lo que hace de ese grupo de alumnos de nuestra Escuela de Medicina, un grupo singular y único en el presente, en el pasado y muy probablemente en el porvenir”.

La anécdota prometida es la siguiente:

El Dr. Hernández dictaba entre otras, una materia donde se tocaba el tema del Origen del Hombre, el expuso la Teoría Creacionista donde se habla sobre el origen Divino del mismo, el grupo, -que como pueden ver era muy estudioso-, se aprendió además la Teoría Evolucionista de Darwin, la cual era la de data más reciente (1859).

Un día en clase el Dr. Hernández estaba haciendo interrogatorios y se dirigió a papá: “Br. Rodríguez, hábleme sobre el origen del hombre”, Don Pedro contestó que habían dos teorías a saber: La creacionista que plantea el origen divino del hombre y su hechura a la imagen y semejanza de Dios y la teoría Evolucionista de Darwin, sobre la evolución del hombre proviniendo del mono, la cual mi papa acuñó además con orgullo como “la más acorde con el pensamiento científico de la época”. Esto ofendió fuertemente las creencias religiosas de José Gregorio, quien se dirigió a mi padre fuertemente en los siguientes términos: “Br. en mi curso se viene a aprender lo que yo enseño, si Ud. pretende aprender cualquier otra cosa, se puede quedar fuera.”

En otras palabras ….. estaba botado , ¡expulsado!, -en nuestros tiempos eso no sería así-, pero en 1915 donde la palabra de un hombre valía más que mil documentos, fue una expulsión. Mi papá, avergonzado y frustrado ante el fracaso, permaneció cerca de dos meses en Caracas, pues no se atrevía a regresar a su Guanare querida, con esa carga de fracaso tan terrible.

Mi padre como buen Llanero, tenía la costumbre de levantarse muy temprano y caminar por los alrededores de San José cerca del Hospital, una de esas mañanas se tropezó con el Dr. Hernández quien caminaba apurado por la acera de enfrente hacia la Facultad de Medicina, el Dr. lo miró y le preguntó: “Br. Rodríguez y Ud. ¿Qué hace aquí?…” a lo que mi padre  respondió: “Caramba Dr. ¿acaso no recuerda que usted me expulsó?, en verdad yo no me atrevo a volver a mi pueblo pues me da vergüenza hacerlo con este terrible fracaso. El Dr. Hernández  se quedó un rato pensativo y le respondió, – empujado por su bondad y profunda compresión del sentimiento y dolor humano-,: ¡Apúrese bachiller que va a llegar tarde…. ¡  Oh que alegría, ya está readmitido!.

Quiso después el destino que fuera mi padre, el humilde Guanareño hijo de Don Carlos y de la india Teresa Ortiz, el escogido para dirigirse con su prosa cargada de emoción y sentimiento, en nombre de los estudiantes de medicina al Dr. José Gregorio Hernández, cuando por última vez, yacía para “dormir el sueño interminable.

Estas palabras puede hallarlas en este Blog bajo la categoría Discursos y se citan a continuación, fueron pronunciadas en el Recinto de la Universidad en la mañana del 30 de Junio de 1919.

Estas fueron sus palabras de despedida:

PALABRAS DEL BACHILLER PEDRO RODRÍGUEZ ORTÍZ EN EL HOMENAJE DE LOS ESTUDIANTES DE MEDICINA AL DR. JOSÉ GREGORIO HERNÁNDEZ EN SESIÓN  SOLEMNE EN EL CENTRO DE ESTUDIANTES DE MEDICINA

 Señores:

La mayoría de mis compañeros ha querido que sea yo quien tenga la honra de manifestar en estos instantes de tristeza para la Ciencia y para la Patria, el profundo dolor que aqueja nuestros corazones, en esta hora en que venimos a regar con lágrimas y flores la tumba del querido maestro. 

Perplejo todavía por la magnitud del acontecimiento, mi espíritu sólo puede decirle una oración: la del cariño y de la gratitud; esas dos rosas simbólicas que supo cultivar con manos de artífice, cuando desde la curul de su cátedra, nos enseñaba a ahondar la ciencia de Bichat y amar a la de Descartes.

 ¡Oh  maestro!; desde el tugurio desmantelado donde el hambre y la miseria se abrazan a la humanidad doliente, hasta los salones aristocráticos donde se revuelca el galgo blanco del placer y la alegría, sollozan bajo la pesadumbre de tu ausencia.  Ya no irás, como en mejores días, sobre tu frente la blanca aureola del saber y en tus manos la  sustancia salvadora, a consolar el dolor de los que sufren.

Ya no irás con tu palabra evangélica,  lleno de energía y de entusiasmo, a fortalecer nuestros corazones y ha inculcarnos, como sabio ductor, esa honradez ínclita que debe regir la vida de todo profesional.

Ya duermes el sueño interminable…

La noche se cierne sobre tu fosa derramando su llanto de estrellas… mientras flores y lágrimas, flores de cariño, lágrimas de tus discípulos y de todo un pueblo agradecido, humedecen tu tumba para decirte: Adiós…  ¡No el adiós del olvido, sino el adiós de los que aún te amamos!…

 29 de junio de 1919

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